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El cristalero

 

No sé si será un atributo del hombre en general o sólo de los españoles, pero cuando a alguien cercano a nosotros le sucede alguna pequeña desgracia nos solemos reír. Cuando una persona se cae de forma imprevista y queda en postura grotesca, cuando tropieza y se va a dar un morrazo que luego es evitado en último momento, o cuando alguien resbala y va perdiendo el equilibrio sin saber si finalmente aterrizará en el suelo o no, nos produce una sensación morbosa de comicidad que esbozamos en una sonrisa o incluso en un principio de carcajada que intentamos contener aunque después ayudemos a levantar al desafortunado. Esto se suele acrecentar cuando quien ve la escena es un joven adolescente. Mala reacción que tenemos frente al revés del otro, pero parece que reírnos en esos casos es algo inevitable.

 

Recuerdo al efecto, una anécdota que me sucedió hace bastantes años. Entonces yo era un joven que quería iniciar una nueva vida formando una familia y buscaba un préstamo para comprar un piso. Había contactado con un Banco y debía hablar con el Director de la oficina, quien me había dado cita para las nueve de la mañana de un día concreto.

 

Hacia allá me encaminé a primerísima hora del día primero de un mes y cuando llegué a la sucursal vi una cola de muchas personas ancianas que iban a cobrar su pensión en dinerito contante y sonante. Perdón, primero creo que debo describir el escenario el ambiente donde me encontraba. Por aquellos años, los bancos ya habían abandonado aquella imagen anticuada de oficinas siniestras y oscuras, con ventanillas enrejadas, paredes revestidas de mármoles oscuros, y locales de techos altos; yo estaba en una sucursal bancaria moderna, ubicada en la esquina entre dos calles cuyas paredes exteriores no eran tales, sino dos cristaleras gruesas de suelo a techo y de derecha a izquierda impolutamente limpias, y que se cubrían con unos visillos claros y opacos cuando estaba cerrada al público aunque permitían que entrara la claridad. Las ventanillas no existían sino que había mostradores, y los muebles ya no eran tan negros y serios como antaño sino funcionales y de un color miel muy a tono con la moda del momento.

 

Los viejecitos entonces no sabían lo que era eso de la domiciliación de su pensión, sino que iban el primer día del mes a cobrar sus pocos o muchos dineros para administrarlos desde su casa, y como no tenían nada que hacer hacían cola en la calle desde antes de abrirse la Sucursal, tal vez porque pensaban que podían acabarse las pesetas que había dentro y por si acaso, no querían quedarse de los últimos.

 

Estaba diciendo que llegué a la sucursal muy pronto y salvando la cola entré en el local antes de que lo abrieran para las operaciones típicamente bancarias. Pregunté por el Director. Espere Vd. ahí sentando porque el Director tardará un poco en llegar ya que primero ha tenido que visitar a un cliente. Bueno, pensé, es algo normal y esperaré porque estos señores tan importantes siempre están muy ocupados. Me fijé en los empleados. Tampoco respondían a la imagen de chupatintas dibujados en La Codorniz, sino que mayoritariamente eran personas jóvenes y risueñas que tras alguna formación profesional habían empezado a trabajar en lugar de ir a hacer huelgas en la Universidad.

 

A las nueve en punto se abrió la puerta y los viejecitos empezaron a entrar con dirección al mostrador de Caja. El cajero, (perdón, el empleado de Caja), empezó a despacharles y poco a poco la cola inicial se fue achicando hasta que todas las personas que esperaban quedaron dentro de la Sucursal. Fue entonces cuando otro viejecito que quería entrar en el Banco confundió el cristal recién limpio con la puerta del mismo material y ¡plash!, se dio un fuerte golpe en la frente con lo que una de las voces juveniles de dentro de la oficina gritó: ¡el primero!, seguido de un coro de entrecortadas risas jóvenes y una voz del jefe de turno quien con un tono alegre que quería disimular para que pareciera serio dijo: ¡Sr. García, un poco de formalidad! Al poco tiempo, otro viejete que salía contando sus billetes también quiso atravesar la pared de cristal dándose otro golpe en la nariz, sin mayores consecuencias. Esta vez fue el empleado, Sr. López, quien dijo en voz alta: ¡dos!, tras lo cual también fue verbalmente recriminado.

 

En aquel momento apareció el Director y antes de que me pudiera atender, escuché al jefe recriminador que decía al recién llegado que tenían que decir al cristalero que no fuese a principios de cada mes a limpiar los grandes paneles transparentes, sino que lo hiciera a mediados porque un día iban a tener una desgracia seria.

 

En fin, mis trámites administrativos finalizaron pronto y antes de salir me percaté bien donde estaba realmente la puerta, porque estando dentro del despacho directivo había escuchado otra voz que decía: ¡tres!

 

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